Alejandro Horowicz: “O nosotros gobernamos el capital, o el capital nos gobierna a nosotros”

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POR MANUEL BARRIENTOS

Alejandro Horowicz dice que su temario de investigación es el temario de investigación de su generación. Y que su generación se planteó tres problemas: el peronismo, la revolución y el socialismo. Si “Los cuatro peronismos” se convirtió en un clásico imprescindible, ahora “El huracán rojo” –que acaba de ser publicado por Crítica- aborda los otros dos ejes, en ese camino que va desde la Revolución Francesa a la Revolución Rusa.

Hay un procedimiento constante en Horowicz, que se extrema en este libro. Su escritura punzante y zumbona narra el partido que arranca en 1789 y tiene como uno de sus puntos más altos en 1917. Pero por momentos esa voz se desdobla: frena las jugadas, las repite y las analiza con ojo clínico. El relator se convierte también en lúcido comentarista que expone antecedentes históricos, teorías previas, datos duros. Así surgen ejes que se entrelazan con ese hilo rojo: las preocupaciones sobre cómo ir construyendo una mayoría en el campo de juego; el enorme peso de la deuda pública como elemento desestabilizador de las estructuras políticas existentes; el rol de las mujeres encabezando marchas en Rusia y en Francia.

Para el doctor en Ciencias Sociales y titular de la cátedra de Cambios en el Sistema Político Mundial de la carrera de Sociología de la UBA, el partido no terminó, se juega en tiempo presente. De ahí el segundo subtítulo del libro, que no está en la tapa: “Doble poder: instrucciones de uso”.

Cierto sentido común entiende que una revolución es un estallido. El libro desarma esa idea y señala que en una revolución hay una construcción de hegemonía.

El sentido común tiene un aspecto muy trágico y hace que siempre quiera olvidar su propio recorrido, como se ve en los relatos fundantes y en la teología. A pesar de que muchos pueblos distintos han organizado relatos básicamente coincidentes sobre su origen, todos olvidaron que fueron ellos los que construyeron esos relatos y tomaron esos relatos como dados por los dioses. Y el sentido común tiene frente a la cosa terminada una pleitesía excesiva y, por lo tanto, no se siente responsable y partícipe de algo en donde su lugar es inequívocamente protagónico. ¡Por qué no va a pasar con un proceso de transformación revolucionaria! En “La historia de la revolución rusa”, Trotsky sugiere mirar los procesos revolucionarios y estudiarlos sólo desde la perspectiva del enfrentamiento y del doble poder que este enfrentamiento suscita. Yo seguí ese consejo y me di cuenta de que un enfrentamiento, para construir un polo opuesto, necesita en primer lugar a alguien que diga que no. Cuando tal cosa sucede, es posible una operación donde vemos que se constituyen dos términos polares: un antagonismo. En la Revolución Francesa este primer antagonismo está en el modo en que la Asamblea estamental se transforma en Asamblea Nacional. En una asamblea que reúne tres estamentos (la aristocracia, la Iglesia y el tercer estado, que incluye al bloque burgués en ese período como conjunto indiferenciado), uno ve cómo esta estructura política que es el soporte de la monarquía, sólo puede arrojar una derrota burguesa. La Iglesia es el principal terrateniente de Europa. Y la aristocracia es, ni más ni menos, que la dueña de la tierra, que es un bien que no es mercantil; es decir un bien que se hereda o se obtiene por conquista o por gracia del rey. Estamos ante un sistema donde el rey convoca una asamblea porque tiene un déficit fiscal (como resultado de una guerra victoriosa contra Inglaterra y las colonias norteamericanas, donde la monarquía apoya a los rebeldes de George Washington con Lafayette y sus amigos). Y el pago de esa deuda en un momento determinado llega a ser el equivalente al 20 por ciento del pago general del Estado francés. Por lo tanto, para poder seguir pagando -y los prestamistas prestando para que les paguen-, necesitan un sistema impositivo más moderno, que supone que los terratenientes tienen que pagar impuestos, cosa que hasta ese momento no hacían. Luis XVI quiere que esto suceda amablemente y que los propios terratenientes accedan a esto. Pues: los terratenientes no tienen la menor intención de hacer semejante cosa. Y están interesados en quitarle las tierras a la Iglesia. Es decir, pagar la deuda del Rey con tierra de la Iglesia. Ese modelo de saqueo de la Iglesia ya lo habían visto en Inglaterra y podía repetirse en Francia. Pero, en lugar de que pase tal cosa, la asamblea de tres estamentos se transforma en Asamblea Nacional y donde venían votando por separado pasan a votar todos juntos y el número decide. El concepto de igualdad se modifica. Este nuevo instrumento tiene derecho a actuar, lo que no tiene todavía es el poder de actuar. Y este poder de actuar no le viene dado tan sencilla y claramente porque el Rey dispone de tropas; y la Asamblea Nacional, no. En consecuencia, se estudia después como si fuera un hecho vinculado a otra cosa la caída de la Bastilla.

¿Cuál es el significado de la caída de la Bastilla?

No es solo ese símbolo universal, sino que es, al mismo tiempo, el armamento de la masa de París. Y la Asamblea que hasta ese momento no tenía tropa propia pasa a disponer de los ciudadanos armados de París, de la Guardia Nacional. Este es el modo en que se constituye una operación de doble poder. Y la lógica de estos enfrentamientos motoriza la caída de la monarquía en dos tiempos. El primero donde transforma al rey por gracia de Dios en rey por desgracia de la Constitución. Y el segundo, donde la República termina con toda la cuestión, en una asamblea donde entre casi 800 diputados el único republicano era Camilo Desmoulins. Conviene recordar que Robespierre no era republicano. Entonces la revolución adquiere su verdadero significado a partir de una gramática de transformar los elementos de los que forman parte, y con una inventiva popular muy grande, y con una participación conceptual muy importante, porque la idea de transformar esta asamblea estamental en asamblea nacional es una idea del Abad de Sieyès; y Sieyés no es cualquier señor: es el famoso autor de un ensayo que se llama “¿Qué es el tercer estado? Ahí explica por qué el Tercer Estado es políticamente nada y tiene que transformarse en lo que es: la mayoría real de la sociedad francesa. Esta gramática de transformación política es la que permite ir viendo cómo de este punto se llega al soviet. ¿Y cómo es que esto ocurre? En medio del debate, uno de los periodistas radical de París plantea un modelo distinto de debate político y de decisión política. Propone que se elijan diputados con mandato imperativo; esto es, que el diputado tiene que ir a votar a la Asamblea lo que sus bases han ordenado. Y que ese mandato, si se incumple, es revocable. ¡Esto sucede en 1791! Los eruditos de la Revolución Francesa conocían ese dato, que a Marx se le escapa cuando analiza la Comuna de París, porque era un dato tirado en el costado y no tenía la importancia que, visto retrospectivamente desde acá, se puede entender. Pero la Comuna de París, que no tenía eruditos en su seno, pero arrastraba la tradición revolucionaria del 48 y la anterior, repone en los hechos este método. Y ahora sí Marx, que no conoce el problema anterior, pero sí conoce el comportamiento de los communards, ahí ve cómo se plantea el mecanismo de destrucción del estado anterior y la conformación del Estado Comuna. Para Lenin en 1905, la continuidad de ese modelo revolucionario hilvanado con el proceso anterior es una obviedad. Y esta obviedad es la que permite pensar desde un punto hasta el otro -en un recorrido donde la pelota arranca en 1789 y cae en 1917- en la construcción de los soviets y la toma del poder por los soviets. Y ojo porque la construcción de los soviets y la toma del poder no son la misma cosa. Entonces vemos incluso las contradicciones del propio Lenin, porque primero está a favor de una Asamblea Constituyente (porque la Asamblea Constituyente en ese punto era la conformación del doble poder entre todo el campo democrático y contra los propietarios feudales anteriores o semifeudales); pero cuando los soviets tomaron el poder, la Asamblea ya no es más eso, sino que es el arco de la oposición contra el poder soviético. Lo que quiero decir es que nadie tenía pensado ese proceso de antemano en sus enormes implicaciones; pero, al mismo tiempo, Lenin era el hombre que tenía pensado ese ciclo, porque tenía clara la relación entre las tareas democráticas y las socialistas. Sabía que, de la ampliación de las tareas democráticas, surgen las tareas socialistas. Esto era así y esto sigue siendo así. Ese es un término de validez actual del pensamiento político de Lenin.

En el libro sostenés que “ninguna teoría provee completamente el mapa de la toma del poder”. Cuando ponés el foco en Lenin y lo seguís en un largo plano secuencia, se entiende que es un teórico, pero a la vez tiene pragmatismo político y piensa en cómo construir una mayoría que posibilite esa toma del poder. Y aparece con mucha relevancia la cuestión del campesinado. Es decir, Lenin no se encorseta en sus ideas y no constituye una dictadura del proletariado, sino que vincula al proletariado con el campesinado.

Por supuesto. ¿Cómo se va a generar una dictadura del proletariado si el terreno de la victoria está en la guerra campesina? El término que define la derrota de los blancos es que están dispuestos a restablecer a los antiguos propietarios en su lugar. Entonces los pequeños campesinos que quieren quedarse con la tierra no pueden ser otra cosa que rojos. Y eso se hace con treinta mil oficiales ex zaristas. Y la idea de que se pueden manejar 30 mil oficiales ex zaristas a punta de pistola es una idea de quien no ha hecho nunca nada. Solo oficiales profundamente consustanciados con la victoria pueden alcanzar cualquier transformación; y más en una guerra civil que tiene sus infinitas y complejísimas crueldades. La idea de que esto se puede hacer a punta de pistola es muy estúpida y Trotsky jamás sugiere semejante cosa. Cuando este debate se plantea en el interior de la propia dirección bolchevique y Lenin le pregunta a Trotsky cuántos son los oficiales ex zaristas que están en el Ejército Rojo, y Trotsky dice 30 mil, Lenin tira el papelito al tacho y cerró la discusión. La idea de que se pueden reemplazar 30000 oficiales con un decreto administrativo es muy estúpida. Uno puede tener muchas teorizaciones -aproximaciones conceptuales a la resolución de un problema- pero confundir esto con la resolución del problema real es un grave error conceptual.

Y se observa cómo piensan tácticamente bajo qué condiciones pueden sumar el campesinado y bajo cuáles no. Ahí Lenin mira todo el mapa.

Lenin se da cuenta y ve que el Ejército ha votado por la paz frente a esa I Guerra Mundial. ¿Cuándo?, le preguntan. Y dice: votó con los pies, huyó de las trincheras. Eso es entender políticamente la significación de algo, no es una abstracción. El cómo sucede es el problema central de cualquier política. Si alguien dice “y entonces dialécticamente se produce una transformación”, sé que no sabe lo que está sucediendo. Yo puedo no saber qué está sucediendo en un momento determinado, pero tengo que saber que no sé y no creer que tengo un cierto conocimiento. En política todo aquello que uno ignora es una ventaja para sus enemigos políticos. No entender nunca es una ventaja.

Otra actriz clave de ambas revoluciones son las mujeres.

Hay dos escenas que uno recuerda siempre. Una es la del hambre en París, donde las mujeres van a ver al rey a Versalles. Se produce una movilización y la Asamblea no quería esa movilización, y Lafayette tampoco, aunque era el responsable de la Guardia Nacional. ¡Pero andá a reprimir a mujeres! No es tan simpático ni tan fácil. Y las mujeres, que son quienes sienten el hambre de modo más claro y más preciso, transforman su debilidad en fuerza y actúan sumamente decididas. Y no solo toman el manejo directo de la Municipalidad, no sólo organizan la marcha, sino que suman en la marcha a un contendiente nada menor, que son las propias tropas de Lafayette. Es decir: Lafayette se ve obligado a sumarse por sus tropas, que a su vez son arrastradas por las mujeres. Y no le queda otra que respaldar a las mujeres frente al rey. Es un episodio de masas que cambia la situación. Y es curioso porque todas esas mujeres son monárquicas y todas esas mujeres vivan al Rey. Ahora bien, al mismo tiempo hacen lo que hacen. Y cuando uno mira la revolución de febrero de 1917, el gatillo es el Día Internacional de la Mujer, es el 8 de marzo. Y la movilización de las mujeres de Petrogrado es la que arranca todo el proceso de transformación. ¿Qué lugar tienen las mujeres en los soviets? ¿Cuántas mujeres son diputadas soviéticas? Una perfecta minoría. Entonces esta tradición muestra su potencia y sus limitaciones; y al mismo tiempo muestra cómo una revolución amplificada desde una perspectiva socialista no puede no cambiar el lugar de la mujer. Es algo que la Revolución Francesa no hace; y que la Revolución Rusa sí hace. La primera vez que las mujeres gozan de derechos políticos es en la Revolución Rusa.

Otro tema relevante, más visto desde la Argentina actual, es el peso de la deuda en las dos revoluciones.

La deuda es un instrumento clave en la política. El gasto público es un problema político decisivo; y la capacidad de gasto público supone un modelo político. Cuando el Rey tiene que cambiar la estructura fiscal, lo que está diciendo es que tiene que cambiar la estructura del Estado. Cuando decimos que tenemos que cambiar el financiamiento general del Estado occidental hoy, lo que estamos diciendo es que tenemos que cambiar el orden político general sobre el que se sostienen los gobiernos. La idea de que puede haber gobiernos nacionales sometidos a la lógica de una bancocracia globalizada es ingenua. En los hechos existe un poder económico político centralizado capaz de destituir ministros y primeros ministros en Europa y reemplazarlos a voluntad. Cambiar los instrumentos, cambiar la política, supone ni más ni menos que cambiar la escala de la política y los modos con los que la política se ejecuta hoy. Estos cambios no pueden sino ser cambios absolutamente revolucionarios.

Vamos a volver sobre ese punto, pero no ya. Hay otro tema que es la derrota del socialismo y por qué ocurre eso. Y señalás como elemento central la Segunda Guerra.

Lenin entiende que la transformación de la I Guerra Mundial en insurrección armada contra el proletariado supone una guerra civil. Pues bien, esa guerra civil se desarrolla, pero no como Lenin había calculado. La primera batalla es la rusa. El partido del proletariado era mínimo, y es destruido en la operación político militar de 1921. Prácticamente no quedan proletarios de Rusia, entre otras cosas porque el orden fabril casi no existe y hay que reconstruirlo todo. Este término de reconstrucción señala una dificultad material que los bolcheviques habían, en cierto sentido previsto, pero conviene entender que para eso no había programa alguno. No solo en Rusia: en ninguna parte. Esta crisis se expande y golpea con una fuerza fenomenal en Italia y arroja dos posibilidades. El Ordine Novo que Gramsci sostiene como posible, con los consejos italianos en el norte; y luego la respuesta fascista con su Nuevo Orden. En ese enfrentamiento está claro que no gana el proletariado italiano, sino Mussolini. La crisis en Alemania que va a arrojar el fin del Káiser y de la República de Weimar construyen otra guerra civil, que presenta distintos episodios y peripecias hasta 1933, cuando Hitler termina ganando electoralmente y llega a controlar la sociedad alemana. El cuarto episodio de esta película es la guerra civil en España. Y arroja un nuevo victorioso: Franco. Y esta guerra civil y este nuevo victorioso sellan la suerte general del proletariado europeo por todo ese ciclo. Y cuando termina la guerra civil, se hace posible retomar el enfrentamiento por la hegemonía del mercado mundial. Y esa es la II Guerra Mundial. Ahí vemos la victoria militar de la Unión Soviética y el éxito del modelo de transformación propuesto por el estalinismo, que plantea primero ganar la guerra y después hacer la revolución. Pero sus transformaciones no desembocan en la construcción de los Estados Unidos Socialistas de Europa, sino en un mosaico de repúblicas de las que el estalinismo intenta sacar ventaja y obtener una especie de pago al contado por el costo de la II Guerra Mundial. El Comecon es una respuesta en espejo a la Unión Europea, pero de ninguna manera es el viejo programa de la Revolución Rusa. Es la reconstrucción de un mosaico de gobiernos nacionales, que tienen la propiedad pública de los medios de producción. Y ese no es un camino al socialismo. Es tan solo un camino a que el mercado mundial derrote estas formas elementales de una cierta versión del “socialismo de un solo país”, que no es ni socialismo ni es de un solo país, porque no hay modo.

¿Por qué no hay modo?

El mercado mundial es las condiciones en las que el capital ejerce su poder. Y cuando Marx plantea el problema del mercado mundial, éste era mucho más pequeño que lo que había afuera del mercado mundial. En 1945 las cosas habían cambiado bastante y hoy no existe más afuera del mercado mundial. De modo que está brutalmente claro que no hay ningún otro camino para enfrentar al capitalismo que la escala en que el capitalismo plantea los problemas. O enfrentamos el programa único del capital expresado por el Banco Mundial, la Reserva Federal de los Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional -que es siempre el mismo para Grecia, Italia, Francia, la Argentina, Madagascar y cualquier otro punto del planeta- con un programa alternativo o simplemente hacemos algún rulo en el programa de ellos que consiste en resistir alguna de esas medidas. Por supuesto, la resistencia a alguna de esas medidas durante un minuto construye un respiro, pero es un respiro en la horca. Diez minutos después el tirón de la soga vuelve las cosas a su lugar y del proceso de expansión pasamos de nuevo al proceso de saqueo y vemos cómo un gobierno de expansión es continuado por gobiernos de saqueo que dan lugar a nuevos gobiernos que van a permitir alguna reconstitución de lo que se va a saquear más tarde.

Ahora sí volvemos a la pregunta que dejan tus últimas respuestas: ¿cómo se lucha contra esa bancocracia?

Con una respuesta democrática globalizada. Los problemas de Grecia no son solo problemas de Grecia: son también un problema francés, italiano o español. Tiene que haber una deuda europea. Si hay una deuda europea y los ciudadanos regulan el banco de Europa y no el banco de Europa regula a los ciudadanos, el problema es perfectamente soluble en término de 20 minutos. ¿Cuáles son los grandes negocios del sistema bancario? Dos: la deuda pública y el lavado de dinero. Y el tercer negocio es la diferencia entre lo que les cobran a ellos de tasa de interés y lo que ellos cobran de tasa de interés a quien tiene una tarjeta de crédito. Cuando vemos que el gobierno de EE.UU. se financia con una tasa de interés del 2.75 por año anual y que nadie en EE.UU. paga menos de seis veces esa tasa de interés si tiene un préstamo o una tarjeta, uno entiende por qué ese negocio es tan fenomenalmente lucrativo. Entonces, si la tasa de rentabilidad del sistema financiero fuera 9, todo aquello que no da 9 no es un buen negocio y no se hace. Entonces hay que lograr que dé 9. Para eso eliminamos costos. Si antes un libro tenía un editor y un control de texto y dos correctores, eso se terminó. No hay más correctores. ¿Eso que arroja? Un producto de inferior calidad. ¿Pero a quién le importa si todos producen el mismo producto de inferior calidad? No hay discusión. Esa es la oferta y se terminó, porque no hay producto de superior calidad. Eso lo vemos en la industria editorial, pero también en regiones mucho más peligrosas como el sistema de salud. Y vemos que los remedios no están para curar algo, sino para garantizar la rentabilidad de los laboratorios. Si la rentabilidad es baja, la cura no sirve. Entonces, la vitamina C, que es un producto que puede venderse muy barato y resolver muchísimas cuestiones, no se usa en esas dosis porque cierra el camino a la venta de miles de otros productos. Así que, o nosotros gobernamos el capital, o el capital nos gobierna a nosotros. Pero no digo a nosotros los proletarios separados de los burgueses. No. Los burgueses no la pasan mejor. Tienen más cosas, simplemente. A la hora de usar el servicio de salud, tienen que usar el mismo servicio de salud que el hijo de vecino. Creer que los servicios de salud son de distinta calidad es muy ingenuo. Toda la salud pública depende del hospital público, porque el hospital privado no invierte, no investiga. El hospital privado simplemente saquea el conocimiento de dominio público; y brinda un servicio de hotelería más acorde al buen gusto del burgués. Lo que está en discusión es si el capital regula la actividad del planeta, o si la sociedad planetaria es capaz de utilizar y someter al capital a sus necesidades políticas. Esta es la disyuntiva de hierro.

Esa perspectiva de construcción de nuevas mayorías que recorre el libro, ¿hoy incluye a las clases medias y a la burguesía?

La clase media es un error de traducción. Marx habla de “middle class”, la clase del medio, lo que no es una cosa ni es la otra. Esa enorme masa es la actual castigada por el sistema impositivo. Si vemos a quién jode el sistema impositivo actual no es a la burguesía, sino a los tipos que venden servicios o que generan ingresos de otro modo. Esas son las víctimas. Que ellos simplemente defiendan la distancia hacia abajo muestra su fenomenal estupidez política. Es no entender que sólo poseemos aquello que está garantizado para todos. Por supuesto que cuando una cosa está garantizada para todos, no está garantizada del mismo modo. No se me escapa la diferencia, pero está garantizada. Es verdad que el hospital público que el peronismo construye en la década del 50 no es el mismo que el Dupuytren. Pero conviene entender una cosa: ese es el nuevo piso que se constituye, y en ese momento ese piso llegó a ser el techo de muchas nuevas cosas, e hizo falta mucho tiempo para que ese techo se corriera de lugar. Cuando decimos quiénes son los que entran, volvemos a una vieja fórmula de Marx. La víctima del capital no es solo el proletariado. El proletariado es para Marx la víctima del capital que es capaz de plantear una respuesta política al problema, pero no es lo mismo que pensar que es la única víctima. Está claro que Marx sobreestimó la capacidad de respuesta política del proletariado. No es así políticamente. No es que no pudo ser así: no terminó siendo así. Es evidente que un cierto capital construye una cierta burguesía y un cierto proletariado; y que es el capital el que moldea a la burguesía y al proletariado. Y al moldearlos y al someterlos, la posibilidad de enfrentar esto no es tan simple ni tan lineal. Pero, al mismo tiempo, llegamos a un punto donde la compacta mayoría de la sociedad tiene que determinar cuáles son las condiciones en las que quiere existir. Si no puede determinarlo, lo va a determinar el capital. Y en ese caso el resultado está a la vista.

Sin hacer equiparaciones, ¿no hay ni socialismo ni peronismo ni kirchnerismo de un solo país?

Por supuesto que no. O cambiamos la escala de la política o la política no es otra cosa de una federación de intendentes. Y, si la escala de la política no es por lo menos sudamericana, nos barren como muñequitos.

En el libro citás esta idea de Rosa Luxemburgo: dirige quien es capaz de producir la consigna justa. ¿Cuál es hoy esa consigna justa?

La expansión de la democracia. Con mucha inteligencia, Lenin decía que un demócrata consecuente es un socialdemócrata. Y yo digo que hoy un demócrata consecuente es un socialista. Eso no ha cambiado. Entender cuáles son los genuinos intereses de la mayoría nos hace saber que, o se garantizan los intereses de la mayoría, o se garantizan los intereses del capital.