La desaparición forzada de personas y la apropiación ilegal de niños son puro presente: se perpetúan ante la falta de resolución de esos crímenes. Hieren día a día a sus familiares, a sus amigos, y a una sociedad que debe (y deberá) luchar por la verdad y la justicia. Son crímenes que no ocurrieron hace cuarenta años: suceden desde hace cuarenta años. Son un dolor en abismo que sólo puede repararse con el reencuentro de ese cuerpo ausente.

“Nosotras solamente queremos saber dónde están nuestros hijos. Vivos o muertos. La angustia porque no sabemos si están enfermos, si tienen frío, si tienen hambre. No sabemos nada”. El grito desgarrador de las Madres en la Plaza de Mayo, pidiendo por algún dato que permita conocer el paradero de sus hijos, es dolorosamente presente. El trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense logró devolver la identidad a más de 600 desaparecidos, pero en una gran mayoría de casos es un ruego vigente.

“Dónde están los centenares de bebés nacidos en cautiverio”, señalaba una de las primeras banderas de Abuelas de Plaza de Mayo. La asociación logró identificar la identidad de 119 jóvenes apropiados por el terrorismo de Estado. Pero también ese interrogante sigue siendo, en más de 380 casos, dolorosamente actual.

“Ya no sabemos a quién recurrir. Les rogamos a ustedes, son nuestra última esperanza por favor ayúdennos”. Ese pedido de una mamá a los periodistas en la Plaza de Mayo no fue hace cuarenta años, se repite desde hace cuarenta años.

La lucha de los organismos generó grandes avances en las últimas décadas. Pero aquella solicitud al periodismo sigue vigente. Atrapados por la lógica del consumo y de la innovación constante, el problema para los medios es que no hay novedad (y el primer criterio de noticiabilidad, explican los profesores en las carreras de periodismo, es la novedad: la existencia de un hecho que provoca la ruptura de la cotidianidad). Dolorosamente, paradójicamente, ése es el mismo problema que sufren los familiares de las víctimas: no hay novedades.

La lucha en el territorio de la comunicación, entonces, pasa por pensar estrategias que provoquen esas novedades y que nos recuerden socialmente que el delito sigue ocurriendo: desde hace cuarenta años. Que nos recuerden que vivimos en una democracia incompleta. Por eso, son importantes los juicios de lesa humanidad, los actos conmemorativos, las baldosas en homenaje, los sitios de memoria, los talleres y programas educativos, los festivales y las convocatorias artísticas: nos hacen presente la ausencia, la impunidad, la falta de reparación del delito.

Estas estrategias deben renovarse, para que no se anquilosen, para que no se naturalice la ausencia, para que no pierda fuerza el reclamo de verdad y justicia. Hacen falta siempre nuevas prácticas comunicacionales que nos interpelen como sociedad en el espacio público, a través de herramientas y lenguajes que incluyan y, a la vez, desborden lo mediático y se vinculen con manifestaciones sociales y culturales. De estrategias que interpelen en las redes sociales y en nuevos medios alternativos.

Con excepciones, para los sistemas periodísticos los derechos humanos muchas veces son un “accesorio”, algo residual: el tema ingresa a la agenda de modo espástico, restringido a la lógica de las efemérides. Por eso, el movimiento de derechos humanos debe fortalecer con su accionar el rol de los medios comunitarios y alternativos y brindarse estrategias en las redes sociales en tanto se las piense también como medios digitales.

Desde esa mirada, es necesaria la producción de contenidos específicos para estos medios digitales, que tengan en cuenta sus lenguajes y modos de funcionamiento propios. Se debe trazar un abordaje creativo e integral de todas las estrategias comunicacionales (y culturales) en las que hay que intervenir para expandir la visibilidad y el impacto vital de la lucha de los organismos. Pensar relatos que circulen de forma complementaria en distintos soportes, que apelen incluso a herramientas ficcionales, que no sólo piensen en términos de “información” sino que apuesten al largo plazo para la generación de una identidad, “una cultura” y un sentido de pertenencia.

El rol de los organismos de derechos humanos no puede cambiar. Su solidaridad se ha expandido (y debe seguir expandiéndose) a otras vulneraciones de derechos también actuales. Pero la misión para la que fueron creados sigue dolorosamente vigente. El rol de periodistas y comunicadores es encontrar nuevas herramientas, nuevos lenguajes, para que podamos responder esas dos preguntas que nos interrogan desde hace cuarenta años: ¿Dónde están nuestros desaparecidos? ¿Dónde están los centenares de bebés nacidos en cautiverio?


(publicado en la sección La Ventana, diario Página/12, 27 de abril de 2016)